Desde la perspectiva del prejuicio los videojuegos siempre fueron un pasatiempo adolescente. Esa caricatura del “niño rata” que no salía de su pieza construyó una pésima fama a quienes simplemente disfrutan jugar.
Lo cierto es que hoy el gaming es un gran pilar de la cultura digital: mueve más dinero que la música y el cine juntos y muchas veces define cómo vemos, conversamos y compramos. No hablamos sólo de jugar: también se mira y se crea.
En un estudio de Dentsu, “State of Gaming”, se confirma esa escala y madurez: a nivel global crece la audiencia, el gasto en contenidos y las horas vistas de streaming. Y el juego ya es parte de la vida cotidiana, también en Chile y Latam.
Ya no se trata de mirar pasivamente una historia, sino de vivirla. Series como The Witcher, The Last of us o Gran Turismo nacieron de sagas gamer, y la música encontró escenarios en conciertos dentro de Fortnite.
El fenómeno va más allá del juego: millones dedican horas a ver a otros jugar y a conversar sobre esos mundos. Los transmisiones en directo, los gameplays y los reviews, son espacios que crean códigos que luego se comparten por whatsapp o se repiten en el patio del colegio y en la sobremesa.
Porque, no nos engañemos, la audiencia es absolutamente transversal. El jugador promedio ronda los 37 años, más de la mitad son padres y la mayoría de los usuarios de internet de 16 a 64 años juega en algún dispositivo.
«Si entendemos el fenómeno y eliminamos el prejuicio, podemos ver que jugar no es perder el tiempo, es participar de la cultura digital, aprender y conectar.»
En Chile y en Latam, donde somos mobile-first, el gaming cruza generaciones, géneros y bolsillos. “Gamer” dejó de ser una etiqueta para convertirse en un acto cotidiano que convive con estudiar, trabajar o ver series.
Para muestra, dos botones: Roblox y Minecraft. Son espacios digitales donde millones crean y socializan. En Roblox, marcas, artistas y comunidades diseñan experiencias jugables, conciertos y tiendas; en Minecraft, la cultura del “hazlo tú mismo” vive en servidores, mods y mundos colaborativos. Y desde ahí, nace todo un ecosistema, alimentado por youtubers y streamers.
Para una audiencia enorme, incluida la chilena, ver a sus creadores favoritos hablar de juegos, reaccionar a novedades y recomendar equipos, skins o modos se volvió tan relevante como jugar.
Y a la manera tradicional de jugar, frente a un computador o una consola, hace algunos años se nos sumó la capacidad de movernos entre pantallas. La realidad aumentada nos sacó a la calle con Pokémon Go, la realidad virtual logró romper el límite entre lo físico y lo digital y el 5G ha permitido experiencias sin cortes.
Para educación, trabajo y creatividad, los entornos bien diseñados se pueden convertir en espacios donde se entrenen habilidades de resolución de problemas, capacitación, pensamiento estratégico y colaboración, pueden ser espacios que permiten un aprendizaje práctico, incentivando la motivación por aprender y conectar de formas innovadoras y no tradicionales.
Los videojuegos son una manera de experimentar una necesidad que tenemos desde niños: el deseo de jugar. Hoy, esa necesidad es potenciada con tecnología, creatividad y comunidad. Si entendemos el fenómeno y eliminamos el prejuicio, podemos ver que jugar no es perder el tiempo, es participar de la cultura digital, aprender y conectar.
El mundo gamer no es el futuro; es el presente. Entenderlo, ya seas educador, publicista, artista o un simple consumidor, no es opcional; es la manera de mantenerte conectado con una de las fuerzas culturales más influyentes de nuestro tiempo.